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Conversación con Jean-Paul Sartre

Juan Goytisolo

El País. Arte y Pensamiento, 11.6.1978, S. I, II, VI, VII

 

[S. I] Fue durante el curso escolar de 1947-48: mi último año de bachillerato. La revista Destino, a la que mi padre se había abonado, publicó un extenso reportaje sobre el existencialismo y la vida nocturna en Saint-Germain-des-Prés. Allí leí por primera vez su nombre, mezclado con los dé Simone de Beauvoir, Camus, Juliette Greco, Mouloudji. Las ideas y actitudes nuevas a las que, con horror y fascinación mal ocultos, aludía el cronista me causaron profunda impresión: la revelación súbita de que la vida no concluía en el ámbito.bien ordenado y rígido en el que familia, colegio y sociedad me mantenían sujeto. Algo así como la brecha, el tragaluz por el que se filtraba un rayo aún tenue, pero esperanzador: había un espacio virgen, ignorado, detrás.

Dos años después, inscrito en los soporíferos cursos de Derecho de la Universidad de Barcelona, buscaba con algún compañero de aventura en los estantes reservados de las librerías y tiendas de viejo un alimento distinto y más substancioso que el que recibíamos en las aulas: era la época en que los poemas de Lorca y Alberti circulaban en samizdat y la llegada de alguna remesa clandestina de libros de Losada, Emecé o Sudamericana suscitaba una curiosidad y emoción difícilmente imaginables hoy en nuestro pequeño círculo de lectores. Por estas fechas leí a menudo en lamentables traducciones, La nausée, Le mur, Les chemins de la liberté, Huis-clos... Después de la dieta feroz de aquellos años de educastración generalizada (los límites de la permisividad oficial se detenían en Sommerset Maugham y André Maurois), sus obras, junto con las de Gide y Camus, me produjeron el efecto de un cataclismo (los literatos e «ilustres pensadores» tolerados por el franquismo aparecían de pronto como grotescos dinosaurios). Su inclusión en el índice vaticano por obra de Pío XII añadió todavía un grano de pimienta al goce furtivo de la lectura: la violación del tabú religioso, la estimulante, fecundísima transgresión.

1952-4: primera aproximación, en su original francés, de L'être et le néant y Qu'est-ce que la littérature. El descubrimiento del nexo existente entre cultura y política y, consecuencia de ello, mi brusca politización. Para el grupo de amigos barceloneses procedentes de la revista Laye, con los que solía reunirme en el Bar-Club, los ensayos inaugurales de Situations constituían una especie de manifiesto. Discutíamos apasionadamente de compromiso, parafraseábamos sus páginas. Nuestro antifranquismo instintivo y primario cristalizaba en una actitud resuelta de oposición que debía llevarnos a algunos a un marxismo «por lo libre» (y en la práctica muy cercano a la línea de los «compañeros de viaje») y conducir a otros a la inscripción y militancia clandestina en las filas del PC (los demás partidos de izquierda no ejercían entonces ninguna influencia).

1957-9: instalado ya en París y lector de español en Gallimard, la totalidad de su obra figuraba entre mis libros de cabecera. Su célebre polémica con el autor de L'étranger había dividido a los intelectuales que frecuentaban la NRF en dos grupos claramente definidos y separados. Por mi relación con Monique Lange fui clasificado inmediatamente entre los sartrianos. Albert Camus, con quien tropezaba a veces por los pasillos de la editorial, guardaba conmigo una actitud distante. Nuestro contacto se redujo, lamentablemente para mí, a un frío intercambio de saludos y fórmulas de cortesía.

1960: mi primera visita a su domicilio de Saint-Germain-des-Près — vivía aún en el 42 de la rue Bonaparte, justo enfrente de la iglesia — se realizó a petición de otro escritor y dentro de un contexto un tamo carpetovetónico, que no viene al caso. Con todo, ello me permitió establecer un vínculo personal con él y contar con ayuda inapreciable en las sucesivas campañas destinadas a sensibilizar a la opinión pública europea tocante a la situación de los presos políticos españoles.

1961-2: el auge del movimiento de liberación nacional argelino y la violencia creciente de la represión indujeron a numerosos intelectuales de izquierda franceses a colaborar directa o indirectamente con el movimiento de resistencia: el célebre réseau Jeanson. Monique Lange y yo simpatizamos inmediatamente con ellos. En un momento en que el Partido Socialista, después de haber desempeñado un triste papel de gendarme colonial con Guy Mollet y Lacoste, se mantenía, al igual que el PCF, en una actitud de oposición doméstica sumamente cauta, él había tenido el valor de manifestar públicamente su apoyo a los combatientes del FLN: su domicilio fue dinamitado y los ultras del colonialismo desfilaban por los Campos Elíseos al grito de «¡Fusilad a Jean-Paul Sartre!». Nos veíamos entonces con cierta frecuencia, y al producirse la firma del llamado «Manifiesto de los 121», en el que se incitaba a los soldados franceses a desertar — documento encabezado por él y Simone de Beauvoir —, Monique Lange fue, junto con Marguerite Duras y otros autores y colaboradores de Gallimard, uno de los primeros inculpados de «atentar a la rnoral del ejército». Después de los acuerdos de Evian y la independencia de Argelia celebramos el acontecimiento en nuestra casa, con ellos y algunos colaboradores de Les temps modernes. Simone de Beauvoir menciona calurosamente esta velada en el último volumen de sus Memorias.

[S. II] 1965: durante mi viaje por la URSS, invitado por la Unión de Escritores de este país — recorrido lleno de gags y sorpresas de toda índole, sobre el que debo volver algún día —, coincidimos primero en Moscú y luego en Leningrado. Referiré tan sólo una anécdota: él acababa de asistir, en Kiev, a un congreso en honor de un clásico ucraniano cuyo nombre se me escapa[1]. Para el banquete final, el protocolo soviético exigía una distribución rigurosamente jerarquizada de los invitados, de acuerdo con su categoría y representatividad, un poco como la de las vedettes y coristas en los escenarios de las revistas musicales del Lido o Folies-Bergère: una mesa más elevada para los jefes del partido y programadores culturales, y a partir de este núcleo central e irradiante, en orden decreciente de importancia, los astros, figuras, figuritas, comparsas extraviados en mesas laterales, privadas del calor y cercanía de la deslumbrante, casi teogónica cúspide. El presidente de la Société Française d'Hommes de Lettres (un personajillo orondo y satisfecho de sí mismo, con aires de pavo real) fue colocado rápidamente en el Olimpo, con los demás jerarcas y burócratas. El autor de Le diable et le bon Dieu (a quien el maestro de ceremonias habia pegado la etiqueta simple y un tanto sospechosa de «filósofo existencialista») pasó a sentarse, muy divertido, a la mesa del rincón, con un grupo oscuro de intérpretes.

1967-8: con ocasión del Festival de Cine de Venecia, del que yo era jurado, asistí con él y Simone de Beauvoir al pase de una adaptación cinematográfica de Le mur. Mayo francés, la intervención soviética en Checoslovaquia, sacudieron poco después brutalmente los esquemas en que se adormecía la izquierda. El director de Les Temps Modernes se incorporó al movimiento con testatario, adoptó el saludable papel de agitador de las ideas establecidas y oficiales. Le divisé una vez dé lejos, rodeado de policías y gendarmes, durante un acto de protesta contra el asesinato racista de un trabajador árabe. La detención y subsiguiente autocrítica irrisoria de Padilla le decidieron a romper, como a muchos escritores europeos y latinoamericanos, con el modelo soviético impuesto a la Revolución cubana. Un año después le entrevisté con Fernando Claudín para la efímera revista Libre. Fue la última vez que le vi hasta mi visita a su apartamento de Montparnasse, el pasado primero de mayo.

 

El compromiso del escritor

Pregunta. Empezaré esta entrevista con una cuestión de actualidad. Su obra Las manos sucias ha sido estrenada con éxito en Madrid, después de la supresión de la censura. No obstante, durante largo tiempo, usted rehusó la autorización de representarle, por miedo de una posible explotación anticomunista. ¿Por qué este temor ha desaparecido hoy? ¿Estima usted que la situación ha cambiado?

Respuesta. Pienso que la situación ha cambiado, en efecto, no bajo el concepto de que los comunistas sean hoy más populares o menos atacados que antes, sino por el hecho de que lo son de otra manera y de que los temas que toco en Las manos sucias no son ya temas que se prestan a una tergiversación. En realidad, todo esto es agua pasada. Los acontecimientos de 1954-56 ocasionaron una ruptura: las cosas aparecen de otro modo.

P. Para muchos intelectuales y escritores españoles de mi generación, su concepción del compromiso, tal como usted la planteó en su presentación de Les Temps Modernes y Qu'est-ce que la littérature, fue determinante en su toma de conciencia política, e incluso en su adhesión al PC o a algún otro movimiento de izquierda. Sus ideas sobre el asunto ¿son las mismas que hace treinta años, o bien han sufrido el impacto de mayo del 68 y la aparición de nuevas formas de lucha, nuevos terrenos de desalienación?

R. Para mí, la idea del compromiso del escritor no ha cambiado y, en efecto, mayo del 68 marca mejor nuestro compromiso actual, esto es, la busca de nuevos terrenos para este compromiso, la busca de un nuevo sentido al término democracia, de una nueva relación con las masas obreras y campesinas; pero, en conjunto, la idea de que pensar y escribir es comprometerse al lado de otros hombres sigue siendo mi idea fundamental: el sentido de la literatura, tal y como la practico. Por consiguiente, no ha habido cambio.

P. Usted ha manifestado siempre — y yo estoy bien situado para atestiguarlo — una atención muy vigilante a ese anacronismo histórico, esa opresión ininterrumpida que fueron los cuarenta años de «orden» franquista. ¿Cómo ve usted hoy la situación de nuestro país después de la liquidación gradual de los aspectos más visibles de la dictadura: pienso en el papel de los partidos de izquierda, en los problemas de las nacionalidades oprimidas (vascos, catalanes...), en la función que puede desempeñar actualmente un movimiento revolucionario del tipo de ETA?

R. Es cierto que me he ocupado siempre con un vivo interés en los problemas españoles. España es uno de los países por los que siento mayor afecto; siempre he simpatizado con los españoles, y las raras veces que he visitado su país, todavía en tiempos de la dictadura, he encontrado unas relaciones humanas que no eran las que uno encuentra en la vieja Francia podrida. Los hombres eran libres y auténticos, incluso cuando la dictadura se imponía a ellos; así, como todo el mundo, he presenciado con estupor y pasión el brusco desarrollo de las fuerzas democráticas en el interior de España, la hecatombe del franquismo y su desaparición en un breve lapso de tiempo. Me parece que en este momento las fuerzas de izquierda tienen ya una importancia capital en España.

He asistido al resurgimiento del anarquismo, cuya fuerza fundamental se hallaba realmente en España antes de Franco; he visto renacer al PC en forma de lo que se llama eurocomunismo; he visto igualmente aparecer un movimiento socialista... En suma: he verificado el grado de madurez de una izquierda que se ha unido en seguida a las grandes corrientes de la izquierda europea, como si se hubiese operado una profunda mutación interior a través de dos generaciones, desde 1939 hasta la fecha.

P. Sí, sin duda; pero yo me refería también a un problema que concierne igualmente a Francia, dado que el centralismo español fue, como es notorio, un triste legado borbónico: al de la fuerza, y también la manipulación interesada, del problema de las nacionalidades. En cierto modo podría decirse que en dos años de predemocracia las cosas han avanzado más en España que tras varios decenios en Francia...

R. Absolutamente.

P. ¿Cómo ve usted hoy, por ejemplo, las reivindicaciones de los vascos, catalanes y otros pueblos de la Península?

R. Me parece que el problema de Cataluña está en vías de solución. En este momento constituye ya una unidad autónoma en el interior de España. El problema del País Vasco me parece menos maduro. Tengo la impresión de que no se ha alcanzado aún la misma organización ni el mismo grado de autonomía que en Cataluña. No sé por qué, y quizá me equivoque. En realidad tendría que ser usted quien me esclareciera el asunto.

 

Soljenitsin y el Gulag

P. Me acuerdo de haber hablado con usted en la URSS, en 1965. sobre el valor ejemplar de Soljenitsin. ¿Piensa usted hoy, como alguna gente en el interior del campo progresista, que sus posturas, digamos reaccionarias, afectan a la fuerza y validez de su testimonio?

R. Estimo que no, pero creo que aquellas posturas exigen que se haga un estudio serio de cuanto dice y que se asigne cada frase ya a la tendencia reaccionaria, que va en contra de lodo lo que pensamos en la izquierda, ya a su visión perfectamente justa y valerosa de la situación del Gulag en la URSS, pues sus obras presentan constantemente este doble carácter, lo que vuelve extremadamente difícil darle razón en un punto preciso sin dársela en otro, con el que ya no podemos simpatizar. Soljenitsin es un caso complejo: no podemos compartir sus opiniones, ni aceptar lo que busca; pero, por otra parte, es seguro que debemos servirnos de cuanto dice sobre el Gulag, sobre las gentes que estaban en él, sobre la manera en que se lo soporta en la URSS, cuando uno es víctima de una detención que puede conducirle de la noche a la mañana a un campo. Existe este doble punto de vista, y es muy difícil apreciar lo que dice. Hay que realizar una labor crítica antes de emitir cualquier juicio, pero, una vez hecha aquélla, entonces sus libros sobre el Gulag son absolutamente válidos y pueden llevarnos muy lejos en la reconsideración de lo que ha ocurrido en la URSS desde Lenin.

P. Hoy día, en Francia y fuera de ella, la horrible verdad del Gulag se ha convertido en un pretexto para cruzarse de brazos, unirse a las filas de los ex combatientes, situarse fuera de la lucha por la transformación del mundo con una perfecta buena conciencia, e incluso, como fue el caso en el pasado mes de marzo, para votar por la de[S. VI]recha. ¿Cómo juzga usted la actitud de algunos de los llamados «nuevos filósofos»?

R. Usted me plantea en realidad dos preguntas: una sobre los ex combatientes y otra sobre los «nuevos filósofos». Los ex combatientes los conozco bien: es cierto que ya no luchan; desde 1914 ha habido tantas situaciones diferentes a las que han tenido que acomodarse, tantos combates que no eran siempre los mismos que los que ellos habían creído que, finalmente, están exhaustos. Han trabajado, han hecho las cosas a su manera, y hoy ya no se sienten aptos para las nuevas tareas a las que se enfrentan. Son demasiado viejos. Están demasiado cansados. No es culpa suya, yo formo parte de ellos, pero el mundo ha cambiado enormemente desde 1918.

P. Permítame decirle que ni yo ni nadie le considera a usted un ex combatiente...

R. Mire usted: la edad transforma a los combatientes en combatientes a medias y luego en ex combatientes, pero, ,en fin, uno trata siempre de combatir. En cuanto a la obra de los «nuevos filósofos» yo veo en ella, pese a todo, una.tendencia reaccionaria. No pienso que represente gran cosa. Es un movimiento de intelectuales que han querido imitar a sus predecesores, pero que no corresponde a nada y cuyos libros no ejercen ninguna influencia en Francia.

 

Desmilitarización de la cultura

P. Recuerdo el texto de una conferencia que usted pronunció en Moscú sobre la desmilitarización de la cultura[2]. El peligro que usted denunciaba era entonces real. Pero se diría que en estos últimos años se ha pasado de una «desmilitarización» deseable auna «desmovilización» que conduce a muchos escritores e intelectuales a retirar la apuesta del juego y a forjar de nuevo des bibelots d'inanité sonore. ¿Cuál sería para usted la frontera o, para ser más exactos, el campo que separa la «desmilitarización» de la «desmovilización»?

R. Bien, yo pienso que por «desmilitarización» hay que entender ruptura con la organización militar, esto es, los regimientos, ejércitos y cuerpos de ejército, en una palabra, toda la organización que era en aquella época una cultura dominada por un espíritu de partido... Estimo que confiar la cultura a un movimiento comunista o hacer de la cultura un instrumento de adhesión al socialismo es deformar a la vez el sentido de la cultura y de los partidos. Por un lado, los partidos son organizaciones miserables y de escaso interés. Históricamente hablando, no han hecho más que disparates, y el deber de un hombre de cultura no puede consistir en ingresar ciegamente en un partido y confiarle el sentido de su obra. La cultura es precisamente una movilización y no una militarización. Creo que un hombre de cultura debe movilizarse con los suyos, es decir, con los hombres que piensan como él. Debe pensar, ante todo, en la suerte de los hombres, en quienes están junto a él, en los males sociales que les corrompen, les destrozan, les matan. Debe.luchar por un sentido más amplio, más verdadero de los problemas reales que se plantean a la humanidad. Pero, incluso si como individuo entra en un partido, no debe, en cuanto político, en cuanto hombre de cultura, inspirarse en el partido. Tiene que inspirarse en temas más profundos y vastos, porque es preciso que su obra sea verdaderamente testimonio del hombre, testimonio de lo que existe. Comprometerse es trabajar para los demás y para sí en una situación dada, en un estado dado, en una época dada. El compromiso literario radica precisamente en este combate contra los opresores y por los que viven junto a uno. Esta lucha puede expresarse, sin duda, en forma política en el interior de un partido; pero insisto una vez más en que esto no tiene nada que ver con la cultura. La cultura es lo más profundo del compromiso mismo: es la relación con los hombres, y no con el partido o con los militantes. Y dicha relación no se obtiene por o gracias al partido, sino que el hombre de cultura la halla en sus amistades y amores, en su rechazo de. ciertas cosas. Esto es lo que debe dar a sus lectores y esto es lo que éstos tienen que encontrar dentro de sí mismos, más o menos contrásí mismos, más o menos en relación a sí mismos...

P. En su análisis de los sucesos del 56 en Budapest y Suez, usted denunciaba con razón el maniqueísmo de quienes hablaban mucho y muy fuerte de los tanques soviéticos para ocultar su silencio acerca del cuerpo expedicionario anglo-francés; en otros términos, de «utilizar los sufrimientos que se infligen al turkmeno para justificar los que hacemos soportar al malgache», como escribía usted años antes, en su respuesta a Camus. Su conclusión era que la izquierda francesa debía definirse a partir de un doble rechazo. Cuando conversé con usted hace seis años, usted me dijo igualmente que era preciso luchar a la vez contra la explotación capitalista y el tecnoburocratismo de la URSS o «el nombre estaba jodido». ¿Cómo juzga usted hoy su posición?

R. Es exactamente la misma: no ha cambiado en nada. Estoy, con todos los hombres de izquierda, contra el capitalismo tal cual es y será siempre; pero ello no me ha acercado ni un centímetro a la posición del Estado soviético. Sigo, pues, a la busca de un socialismo que no sea el que sostiene Moscú.

 

El sistema soviético

P. Otorgar el título de socialismo al sistema que reina en la URSS y países del Este encierra a los PC del Oeste en una contradicción insoluble, pues no hay, ni puede haber, una diferencia esencial entre las aspiraciones de la clase obrera francesa, italiana o española y las de la URSS, Polonia y Checoslovaquia. Lo que es bueno y deseable para unas debe serlo también para las otras. Teniendo en cuenta esto, ¿definiría usted hoy el sistema soviético como un sistema defectuoso, lleno de vicios, pero socialista a fin de cuentas?

R. Desde luego que no. Considero que es un sistema de nuevo tipo, basado en la «funcionalización» de cierto número de principios sociales. Un vasto sistema en el que incluso la vida privada del hombre es escudriñada y expuesta objetivamente por las fuerzas sociales y, finalmente, por el Estado. Pero este sistema, que he tenido ocasión de observar a menudo en la URSS — ya que, como usted sabe, yo la visitaba con frecuencia —, no es socialismo. El problema fundamental de hoy es decidir qué entendemos por socialismo: Crear un nuevo movimiento, un proyecto de socialismo, que será analizado a la luz de sus relaciones con la idea de poder. Los hombres ¿pueden tener poder unos sobre otros? Admitir, imaginar, estos poderes, es decir, la autoridad que se impone de arriba abajo y restringe la libertad de los de abajo en función de las órdenes dadas desde la cima, ¿no es ya una manera de hacer invivible la sociedad humana? ¿No es establecer ya una desigualdad, crear una sociedad que no es humana?

Precisamente estoy trabajando con mi amigo Pierre Victor sobre el tema «Poder y Libertad», en un libro cuya redacción y conclusión nos llevarán bastante tiempo. En esta obra quisiera exponer el conjunto de mis ideas políticas y precisar con claridad que, para mí, lo esencial es la supresión del poder de unos sobre otros; que una sociedad no puede ser libre, — y, por consiguiente, no puede existir en cuanto sociedad humana — si en ella algunos hombres se arrogan un poder sobre otros: en una palabra, a no ser que los Gobiernos dejen de existir en su forma actual y la forma misma del Estado sea destruida.

P. El «compromiso histórico» del PCI con la democracia cristiana en Italia, el fracaso de la Union de la Gauche en Francia, la reciente agitación en el interior del PCE en torno al abandono del término «leninismo» parecen marcar los límites de la experiencia eurocomunista. ¿Qué piensa usted, por ejemplo, de las recientes críticas de Althusser y Ellenstein[3] al PCF y a sus métodos jerárquicos, antipopulares? ¿Cómo juzga usted la experiencia, más audaz, iniciada por Carrillo[4]?

R. Todo ello denota, en efecto, un esfuerzo por cambiar los PC y la posibilidad de crear un cambio verdadero, esto es, un cambio que elimine esta tendencia autoritaria y antidemocrática que es finalmente residuo del estalinismo y que hallamos aún en todos los partidos. En mi opinión, esta lucha en el interior de los partidos, de los antiguos, de las viejas guardias que siguen siendo estalinianas contra los jóvenes que ingresan en la organización sin comprender bien lo que es el partido, toda esta crisis de los partidos comunistas europeos, conocida por eurocomunismo, constituye más bien una especie de derrota del PC en Europa del Oeste que otra cosa. Pienso que es posible que en estos países, dentro de diez años, el PC tenga menos fuerza...

P. ¿Incluso con respecto al PCE, teniendo en cuenta que se ha distanciado del «modelo» soviético de una manera más neta que los demás?

R. Sí, se ha apartado de él mucho más, es verdad. Pero los otros también. No lo sé, esto lo vamos a ver. Actualmente no tengo gran confianza en el porvenir de los partidos comunistas.

 

La dictadura del proletariado

P. En Francia, como en España, numerosos militantes del PC e intelectuales marxistas se preguntan si el abandono a hurtadillas del principio leninista de «dictadura del proletariado» no habrá servido en realidad de pantalla para preservar mejor este otro principio, no obstante tan discutible como el anterior, del «centralismo democrático». Me gustaría conocer su opinión sobre ambos.

R. Para mí se trata, en uno y otro caso, de simples palabras, aunque el centralismo democrático sea una realidad inherente a nuestros partidos: significa el estrangulamiento de la base por la cima, por el Comité Central. Sin embargo, este estrangulamiento existía sin ser definido, siempre ha existido: lo hallamos en Lenin e igualmente en Trotski. Era una realidad consubstancial al PC: nada de oposición, sólo una idea... Si analizamos el desenvolvimiento histórico de los últimos cien años encontraremos, por un lado, la fuerza constrictiva del comunismo, la renuncia a toda libertad, y del otro, un movimiento de renovación, una.profundización de la idea democrática que cada día va más lejos y actualmente se halla en lucha, discretamente, sin aspavientos, contra los partidos comunistas, contra la noción misma [S. VII] de partido. Hay, de un lado, la capacidad de promover la ceguera, la censura, el sistema riguroso que segregan los partidos comunistas, y del otro, la democracia tal como debe ser. No la «democracia» burguesa. Una democracia que se descubre a sí misma, paso a paso, y que progresa con lentitud, pero progresa. Estas son las dos ideas que abrevian y explican las luchas de nuestra época, pues las hallamos tanto ahora como al principio del siglo XX.

P. Aun denunciando la presencia del fantasma de Stalin en el PC de la URSS y los partidos de Occidente, usted escribió «el comunismo nos aparece, pese a todo, como el único movimiento que lleva consigo la posibilidad del socialismo». ¿Qué piensa usted después de los acontecimientos de los últimos años? La reducción de la esperanza socialista al movimiento comunista, ¿le parece todavía válida?

R. No. Casi inmediatamente después, mientras escribía mi obra Crítica de la razón dialéctica, ya no creía en ello. Durante una época juzgué que había una verdad socialista en el movimiento comunista soviético; pero luego vi lo que ocurrió, hablé con los húngaros y los checoslovacos y comprendí que no había nada, absolutamente nada mas que una «instrumentalización» de los seres humanos. En Les Temps Modernes hemos publicado artículos sobre la vida de los obreros en la URSS, Polonia, Checoslovaquia; hemos mostrado que la vida cotidiana obliga a estos hombres a oponerse a sus Gobiernos, o sus presuntos representantes. De hecho se oponen ya, muy a menudo, en Polonia. Igualmente lo han hecho, y deben de hacerlo aún, en Checoslovaquia. Puede que en la URSS todavía no: la situación allí es extremadamente dura. Resumiendo: no puede decirse hoy por hoy que haya dos maneras opuestas de vivir entre los hombres: la de los servidores del capitalismo y la de los socialistas. En el Este no hay socialismo, sino una forma peculiar de capitalismo, el estatal, el de los funcionarios, diferente y opuesto al capitalismo individualista del Oeste, pero capitalismo a fin de cuentas. No hay un asomo de socialismo en ningún lado, lo que no quiere decir que no debamos buscarlo, inventarlo primero como grupo y más que grupo, como movimiento de masas. La verdad es que en el día de hoy la izquierda está en ruinas y en los próximos años habrá que reconstruirla no sobre la base de los partidos, de un Partido Socialista o un Partido Comunista, sino como un gran movimiento orientado hacia un socialismo auténtico, esto es, sin comenzar necesariamente por el punto de vista económico de la sociedad nueva, sino quizá a partir de las verdaderas necesidades, de las verdaderas acciones, de la verdadera naturaleza del hombre.

 

Movimiento libertario

P. Uno de los elementos más significativos de la nueva situación española es, creo yo, el renacer del movimiento libertario. Situándose deliberadamente en la periferia del campo político; los ácratas desenvuelven una acción contestataria sumamente eficaz, en tanto en cuanto analizan y abordan una serie de problemas que los partidos escamotean o excluyen de sus programas: crítica de nociones tan discutibles como normalidad, estado, propiedad, familia, industrialización, trabajo, etcétera. Entre los jóvenes españoles, Bakunin es tan popular como Marx. ¿Cómo se sitúa usted, hoy con respecto al anarquismo y cuáles son para usted sus actuales perspectivas?

R. Pienso que el anarquismo es una de las fuerzas que puede construir el socialismo de mañana. Personalmente, me considero anarquista desde siempre; no exactamente como lo hacen los anarquistas que tienen un programa, una manera de pensar y elaborar sus ideas en el marco de una organización. La razón por la que comprendo el anarquismo se debe a que he rechazado siempre el poder y, en particular, la acción del poder gubernamental sobre mí mismo. No quiero que haya una autoridad superior que me obligue a pensar o hacer ciertas cosas. Pienso que soy yo quien debe determinar lo que debo hacer, por qué lo debo hacer y cuándo hay que hacerlo. Así, pues, me considero profundamente anarquista. Si trato de compendiar mis ideas políticas sobre Poder y Libertad, van en esta dirección. Siempre he simpatizado con los pensadores anarquistas, aun cuando creo que no han abordado siempre los problemas tal como exactamente se planteaban.

P. Hace diez años usted declaró a un periodista de Le Monde que, frente a un niño que muere de hambre, La nausée no tenía ningún valor...

R. Lo sigo pensando aún. Es evidente.

P. ...y que encontraba lógico que un escritor de un país subdesarrollado dejara de escribir para servir de una manera inmediatamente más útil a su país, a su pueblo...

R. Sí, en efecto.

P. ¿No piensa usted que se podría formular la cuestión de otra manera, como lo hizo, por ejemplo, [Antonin, A.B.] Artaud, cuando decía que no se trataba de defender a una literatura que no había salvado a nadie de la miseria y el hambre, «sino de extraer de la literatura una fuerza idéntica a la del hambre»?

R. Estoy de acuerdo con'ello. Es lo que quería decir. Pero yo no he sabido extraer esta fuerza. Si otros lo consiguen, me parece magnífico.

P. Como acabamos de ver recientemente con la concesión del premio Nobel a Vicente Aleixandre, se intenta, desde las esferas del poder, transformar a los escritores y artistas en «bienes nacionales». ¿Fue su negativa a convertirse en un monumento como el Louvre o el Museo Grevin lo que le indujo a rechazar la recompensade la Academia sueca?

R. Desde luego. No pienso que un hombre pueda convertirse en monumento nacional sin perder.con ello toda su fuerza y transformarse en un objeto de piedra como el Louvre, o en un almacén como también lo es o era el Louvre.

 

Malestar del escritor

P. Usted evocó en uno de sus primeros ensayos el malestar que se adueña de un escritor cuando menciona en el registro de inscripción de un hotel, después de su nombre, la profesión de filósofo, novelista, poeta... Si me acuerdo de ello es porque.he experimentado yo mismo a menudo dicho malestar. ¿Ha vencido usted al cabo de los años el innegable complejo de inferioridad de que sufre el escritor — me refiero al escritor de izquierda — respecto a los obreros, a los hombres que no le leen?

R. Bien, a la hora actual, este malestar ha desaparecido, pues ya no se escribe en los registros de hotel el nombre y profesión de quien va a ocupar una habitación. Ya no se pide nada, lo cual es un progreso.

P. En su ensayo sobre Nizan, usted escribió: «La revolución libera a los hombres del miedo de vivir, pero no les quita el que experimentan ante la muerte». Después de toda una vida de lucha concreta, para la transformación concreta de la suerte reservada a los hombres por los diferentes regímenes de explotación, ¿se aplicaría estas palabras a usted mismo?

R. No, porque no he tenido nunca miedo de morir. Hablaré, pues, únicamente del temor de vivir... En realidad, no veo ahora cómo la revolución puede liberar de dicho miedo, pues no se ha producido ni en el país en que he vivido ni en ninguno de los que conozco. Yo he vivido siempre bajo un régimen capitalista, en un mundo burgués y yo mismo como un pequeño burgués que entrevé la posible existencia de otro mundo, pero que, pese a sus vislumbres e intuiciones, sigue siendo un pequeño burgués.



[1] Taras Ševčenko, dessen 150. Geburtstag 1964 gefeiert würde. Goytisolo dürfte sich um ein Jahr geirrt haben. 1964 war Jacques Chabannes Präsident der Société des Gens de Lettres (de France), einer Vereinigung der Schriftsteller zur Verteidigung ihrer Autorenrechte. (A.B.)


[2] Rede auf dem Weltfriedenskongress in Moskau 9.-14.7.1962 (A.B.)


[3] Jean Ellenstein, kommunistischer Politiker und Historiker; zusammen mit Jean Kanapa ein führender Vertreter des französischen Eurokommunismus, wendet sich ab 1977 langsam vom PCF ab.


[4] Santiago Carrillo, 1960-82 Generalsekretär der Spanischen Kommunistischen Partei und führender Vertreter des Eurokommunismus.